“Entonces,
un día de otoño,
sin cartas y sin manga cautelosa,
te acercaste a mi con esa ternura
que sólo tienen las personas que saben amar,
me lamiste la tristeza
y nevaste sobre mi espalda tiroteada.
Cosiste con la paciencia
de quien cree en lo que espera
las costuras de mi pelo,
llenaste mi almohada de buenas noches
-y mejores sueños-
al descansar tu cabeza sobre ella,
comencé a acompasar mi respiración
a tus latidos,
y la música empezó a tener sentido…”
(Elvira Sastre)

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